lunes, 4 de mayo de 2009

sobrevaluación internacional de creditos

bién desequilibrios en cada rama, por la disparidad entre empresas grandes altamente eficientes y un mundo de peque­ñas empresas ineficientes y que acababan también por reque­rir protección. Creo que todos los que han estudiado el problema de la protección arancelaria en México, y la políti­ca financiera y monetaria ligada a este proceso, concluyen que se fue produciendo poco a poco una estructura de costos muy alta en el país que, independientemente de los efectos que tenía en el propio consumo nacional, al obligar al con­sumidor mexicano a comprar productos proporcionalmente más caros que los internacionales, y muchas veces sin la mis­ma garantía de calidad, hacía prácticamente imposible que la industria mexicana proyectara su expansión en función de mercados externos como complemento del mercado interno. A ello se sumó la sobrevaluación internacional del peso y todo ello ocasionó que no hubiera los incentivos suficientes para exportar manufacturas; y aunque esta exportación em­pezó a crecer de los años sesenta a los setenta, desde luego no fue comparable a la experiencia que tuvo Brasil o a la que tuvieron muchos otros países, entre ellos algunos de Asia.
Hubo también un descuido en el apoyo técnico a la indus­tria. Alguna vez se pensó en establecer un servicio de exten­sión industrial, semejante al servicio de extensión agrícola que se da a los ejidatarios y pequeños agricultores. La idea no prosperó. Había desde luego organizaciones dedicadas a pro­mover la productividad como el Centro Nacional de Produc­tividad, por ejemplo. Había y hay todavía sólo dos institucio­nes de investigación tecnológica con capacidad para apoyar técnicamente a la industria con elementos que abarcan desde la información hasta los resultados de la investigación e in­novación tecnológica; pero la tecnología que se usaba y que se sigue usando era en gran parte tecnología derivada de las inversiones extranjeras o de los contratos de licencia para uso de procesos técnicos, de propiedad privada, de empresas transnacionales.

No había en México hacia el año setenta sino una o dos firmas de ingeniería con capacidad de diseño de grandes pro­yectos industriales. Creo que el Instituto Mexicano del Petróleo apenas iniciaba entonces sus actividades para ocu­parse de la ingeniería y diseño en la industria petrolera.
En suma, el de México fue un desarrollo industrial des­equilibrado que desatendía importantes lagunas, falto de cier­tos apoyos positivos y tal vez excesivamente protegido sin un criterio adecuado, y con una industria volcada totalmente hacia el mercado cautivo interno, sin capacidad importante de exportación, por más que había apoyos crediticios, finan­cieros, suministro de energéticos y demás. Esto no fue, claro, una experiencia muy distinta a la de algunos otros países, pero viéndolo así a distancia piensa uno que en México; como tantas cosas, pudo haberse hecho mucho mejor.
No obstante, la tasa de crecimiento de la industria en esa época fue de 7 a 8 % anual; no extraordinaria, pero sí supe­rior al promedio nacional del crecimiento del país. Y deter­minaba, en parte, el incremento del producto bruto.
En cuanto a empleo, hay evidencias que muestran que el tipo de industrias que se estableció, la estructura industrial que se fue creando, no creó empleo con la velocidad que hubiera sido, hipotéticamente, conveniente. Las tasas de ex­pansión industrial no fueron suficientes en función de los incrementos tan fuertes de la población en edad de trabajo, en particular de lo que llamamos fuerza de trabajo, o sea aquella población masculina y femenina que está dispuesta a trabajar con remuneración. En el caso de la población fe­menina, la participación es desde luego en México muy baja, aunque aumentó en ese período un poco. O sea que esa expansión industrial tampoco estaba resolviendo suficiente­mente los problemas de empleo que se suscitaban en un país con tan fuerte dinámica demográfica como es el caso de México.

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